Bienvenidos a la "próxima frontera de 'liberación'" progresista, donde la cuestión más urgente en las democracias occidentales es el "generismo".

Carolina del Norte fue sometida durante un año al boicot, hasta que retiró su ley sobre baños transgénero. El mes pasado, el Sindicato Nacional de Profesores de Gran Bretaña le pidió al Gobierno que se enseñara a los niños de incluso dos años las nuevas teorías sobre transgénero. Nueva York presentó recientemente la primera "muñeca trans". Las universidades estadounidenses están plagadas de histeria por el uso correcto de los pronombres neutros. Incluso National Geographic, en lugar de escribir sobre leones y elefantes, empezó a cubrir la "Revolución del género". Uno de los primeros anuncios de Emmanuel Macron como presidente electo de Francia fue que nombraría funcionarios de una lista con "igualdad de género".

(Imagen: Sara D. Davis/Getty Images)

¿Qué significa que esta generomanía esté permeando cada rincón de las sociedades y la cultura occidentales? Según Camille Paglia, feminista crítica, es una señal del declive de la civilización occidental. En su nuevo libro, Free Women, Free Men, escribe:

Las civilizaciones han atravesado ciclos recurrentes. Las extravagancias de la experimentación de género precedieron a veces al colapso cultural, como sin duda ocurrió en la Alemania de Weimar. Ahora como entonces, hay fuerzas alineándose fuera de los límites, hordas dispersas y fanáticas donde el culto a la masculinidad heroica sigue teniendo una fuerza tremenda.

Después se pregunta:

¿Cómo es posible que tantos jóvenes audaces y radicales se definan ahora a sí mismos sólo por su identidad sexual? Aquí se ha producido una quiebra de la perspectiva que sin duda tendrá consecuencias mixtas para nuestro arte y nuestra cultura, y que tal vez socave la capacidad de las sociedades occidentales para entender o reaccionar a las creencias vehementemente opuestas de quienes no nos desean nada bueno. El fenómeno transgénero se multiplica y propaga en las fases "tardías" de la cultura, mientras que las tradiciones religiosas, políticas y familiares se debilitan y las civilizaciones comienzan a declinar.

No es una coincidencia que esta obsesión con el género surgiera de la cultura occidental durante la década de 1990, la década de paz y prosperidad previa al 11-S. La década carecía de cualquier angustia existencial, consumida por el escándalo de Monica Lewinski y dominada por el "fin de la historia" de Francis Fukuyama. Según Rusty Reno, editor de First Things, la ideología de género es un símbolo de nuestra época de "debilitamiento", que apunta a un futuro globalizado "gobernado por los dioses mundanos de la salud, la riqueza y el placer". Los máximos predicadores de esta ideología, sin embargo, no tuvieron en cuenta el auge del islam radical.

Antes de que las ciudades francesas de París, Niza y Ruan fuesen atacadas por grupos yihadistas, el Gobierno socialista francés tenía una sola prioridad cultural: el "ABC de la igualdad de género". El nombre venía de un controvertido programa que la ministra de Derechos de la Mujer, Najat Vallaud-Belkacem, había lanzado en quinientos colegios.

Tras aprobar el matrimonio homosexual, el Gobierno francés pensó, al parecer, que también tenía que promover una revolución cultural. Según el ministro de Educación, Benoît Hamon, que fracasó estrepitosamente en las recientes elecciones generales, los colegios son un "campo de batalla". La mitad de los alumnos boicotearon las clases de "teoría de género". Después, las autoridades francesas impusieron a los estudiantes libros ridículos como Papa porte une robe (Papá lleva un vestido). Habría sido cómico si en los años siguientes no hubiese sido tan trágico. Lo que de verdad destrozó estas ilusiones francesas fue el terrorismo islámico.

El impacto sobre la cultura occidental de esta ideología de género es el rechazo del espíritu crítico combinado con una "cursi apelación al sentimiento por encima de la razón". La misma cultura obsesionada con el género se niega a ver el burkini como un instrumento islamista, y lo convierte en su lugar en un símbolo de los derechos humanos. La consecuencia es que la amenaza yihadista se percibe simplemente como una disrupción inaceptable de los estilos de vida occidentales. Europa se arriesga a perder todos sus dones históricos: dignidad humana, libertad de conciencia, libertad de religión, libertad de expresión y su colosal cultura.

Las erotocráticas élites francesas no estaban preparadas para lo que resultó ser el ataque terrorista más grave desde el 11-S. Francia, obsesionada con el "ABC de la igualdad", fue sorprendida con la guardia baja y lista para ser desarmada cuando los terroristas atentaron el día que celebraba la igualdad. En Francia, sencillamente, no había resistencia pública a la ley de la sharia y la ideología yihadista. Intoxicadas con la obsolescencia de la identidad, el único enemigo que estas élites francesas conocían eran los privilegios patriarcales, ya que para ellas la "dominación" proviene únicamente de los varones blancos europeos.

La presidencia de Emmanuel Macron ya ha sido elogiada por los activistas de género. "Macron es como un soplo de aire fresco en este país", dijo Natacha Henry, escritora sobre temas de género, en el New York Times. "Creo que ganó porque no hacía ese tipo de exhibición de macho, y eso es lo que necesitamos".

El proceso de anestesia mediante una obsesión con los derechos de género parece haberse convertido aún más en una constante de los países tras los ataques terroristas. Poco después de que los yihadistas tomaran a España como objetivo en 2004 y la obligaran a retirar sus tropas de Irak, el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero se apuntó a la excitación de la ideología de género, incluyendo formación sobre "diversidad de género" con "sensibilidad gai" en las escuelas de primaria. El "Proyecto Zapatero" se basó en el "desprecio de la naturaleza, la reinvención de lo que es humano y la exaltación del deseo". Los años del expresidente de EEUU Barack Obama también estuvieron marcados por una "obsesión" con los derechos transgénero. La obsesión con el género es una útil distracción para evitar enfrentarse a asuntos más difíciles y menos gratos.

Es un dicho que las civilizaciones pueden ser destruidas desde dentro, en vez de por ejércitos desde fuera. Si Occidente no se compromete a preservar las sociedades y valores occidentales, caerá. Y a su extraordinario progreso lo envolverá la oscuridad, junto a todos esos derechos transgénero.

Según Camille Paglia, "una cultura puramente secular se arriesga a la vaciedad y, paradójicamente, se dispone a sí misma para el auge de movimientos fundamentalistas que prometen ominosamente purificar y disciplinar". Como —nombrémoslo— el islam radical.

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